X

Preguntas para el arte de posguerra en El Salvador

Por Elena Salamanca

La guerra civil salvadoreña (1980-1992) nos hizo perder muchas cosas. La cordura, la esperanza, el arraigo. 70 mil personas murieron, otras miles fueron desaparecidas. Los años más crudos transcurrieron entre 1979 y 1984, según el documento final de la Comisión de la Verdad (1994: masacres, desapariciones, atentados y secuestros, todo en un pequeño país -21 mil km2, entonces 4 millones de habitantes- al borde de la explosión. Si los pensamos como un balance humano, fueron años irreparables y ojalá con ello irrepetibles. Si los pensamos desde el arte, que es lo que nos ocupa, fueron años de dolor y esperanza, floreció la creación por encima del horror. A pesar de las persecuciones y las desapariciones, los artistas se mantuvieron en una tercera trinchera, la de la creación: se escribieron poemas en la trinchera en la montaña (Otoniel Guevara, Amada Libertad y otros poetas guerrilleros incluso ganaron premios nacionales), una exposición de arte objeto se realizó en el Teatro Nacional, la Galería Laberinto se convirtió en el nido de la vanguardia y la transgresión en un momento en el que cuestionar era tan peligroso que la policía detenía y desaparecía a estudiantes universitarios porque la juventud y el pensamiento eran el peor cruce de vectores, estaban criminalizados. La paradoja de la guerra fue que entre tanta muerte hubo vida. Y entre tanta represión, hubo pensamiento. Las preguntas que esta generación de artistas de la guerra se hizo y que logró contestar no se han repetido. La paz, ese eufemismo para nombrar la nueva violencia en El Salvador, nos hizo perder las ganas de preguntar, institucionalizó ciertas prácticas y neocolonizó algunas facetas del arte. De eso, brevemente, intento discutir en este texto.

Los espacios de diálogo

Una de las prácticas perdidas en los tiempos de paz fue la crítica en las artes. Quiero decir que no estoy anulando a quienes la realicen en la actualidad, pero sin duda son los menos.

Dentro de nuestra “nueva vida”, esa que creímos ganar después de la refundación de la nación a partir de los Acuerdos de paz firmados en 1992 entre el Gobierno y la Guerrilla, se cuentan tantas prácticas perdidas, muchas de ellas pequeñas y cotidianas, y otras vinculadas al campo del arte. Una revisión hemerográfica de las décadas de 1930 a 1970 demuestra que el espacio del pensamiento sobre el arte y la discusión de las ideas alrededor de sus disciplinas -sí, son disciplinas en todos los sentidos- estaba presente en los periódicos y las revistas. Se trataba de discusiones y comentarios sobre lo expuesto y no de simples reseñas de exposiciones, esas tenían otros espacios, en las páginas de sociales. En la prensa actual, el espacio para el periodismo cultural es pequeño en los medios impresos y lo que en ellos se publica es más bien reseña de página de sociales.

Los espacios de diálogo que se perdieron con la guerra no han podido recuperarse. No digo que durante la década se dejara de realizar crítica de las artes, sino que hacia finales de este periodo los temas de discusión se enrumbaron por los caminos de la ideología. Muchos textos estaban encaminados a discutir la tendencia política del artista, y quienes tenían esa voz predominante eran artistas y críticos de izquierda, que subestimaron mucho a artistas considerados por ellos burgueses y oligarcas, como ejemplo, cito el desprecio por el poeta David Escobar Galindo. Ahora, en la posguerra, Escobar Galindo tiene una obra consolidada, de agudeza intelectual y gran sensibilidad, además de una prodigiosa técnica que sigue siendo denostada por algunos grupos.

Otro ejemplo de crítica ideologizada fue el comentario que el escritor José Roberto Cea hizo sobre la obra de César Menéndez en su libro De la pintura en El Salvador. Un emergente Menéndez, un artista de 20 años en periodo de formación, fue calificado como burgués. Cea consideraba que había una relación ideológica entre origen de clase y arte; en su crítica, la deconstrucción de la pintura de Menéndez era descalificada por “moderna” y “europeizada”; siendo originario de Sonsonate, uno de los departamentos de mayor presencia indígena en el país, Cea exigía que Menéndez retratara la identidad indígena -pueblo, en un resumen de lenguaje ideológico-, mientras él se interesaba por la pintura abstracta. Los comentarios de Cea deslegitiman a Menéndez no desde el arte sino desde la ideología, fueron comentarios morales que tacharon al artista por tener una ansiedad de pertenencia de clase que lo llevaron a despreciar al pueblo. Esa no era una discusión sobre estética, era una discusión sobre ética y además, sobre la ética que José Roberto Cea creía que debían tener los jóvenes artistas salvadoreños.  Lo importante de volver a este ejemplo es que una crítica ideológica se volvió historiografía, ya que en las décadas siguientes el libro de Cea se convirtió en fuente indispensable para estudiar el arte salvadoreño.

Quizá lo triste sea que las discusiones sobre el arte se diluyeron por el contenido ideológico y que las iniciativas entusiastas de la posguerra, como Tendencias y Primera Plana no lograron sobrevivir la primera década de paz.

Hay que decir que después de una supuesta institucionalización de la paz, hacia los inicios del 2000, un grupo de curadores extranjeros creyó que varios jóvenes artistas encajaban en su paradigma del artista y su relación con la violencia. Los grandes paradigmas eran el artista y la violencia y el artista y la migración. Vimos en muchas exposiciones, sobre todo en el Centro Cultural de España, la repetición de los paradigmas como una fórmula certera. Por lo que el peso simbólico del lenguaje, el inicio del misterio, como diría Darton, se rompió a través de representaciones ambiguas entre la decolonización y el neocolonialismo. Con el paso de los años, el paradigma ya no se sostuvo en el mercado, pero los artistas salvadoreños emergentes desde hace 10 años continuaron presentando la misma obra con diferentes títulos en bienales y en exposiciones fuera de El Salvador.

Como consecuencia, en varios casos del arte actual que nos interesa se identifica una confusión sobre el trabajo crítico, por ejemplo, confundir el oficio de crítico con el de creador, anular y despreciar la crítica académica. El arte es lo que pensábamos que nos desnudaba, no lo que nos cubría con cortinas de humo, cartones e imposturas. Hacer arte y exponerlo deviene siempre en crítica; lo mismo sucede con escribir sobre arte. Pero exponer, hacer y escribir sobre arte no son lo mismo.

Artistas salvadoreños en el taller Arte Voz realizado por Laberinto Projects, fundación de la artista y académica Muriel Hasbún para recuperar la memoria de la Galería Laberinto, fundada por Janine Janowski en San Salvador y que fue uno de los sitios más importantes de discusión sobre el arte en la guerra y los inicios de la posguerra salvadoreña. Crédito: Lucy Tomasino.

Artistas salvadoreños en el taller Arte Voz realizado por Laberinto Projects, fundación de la artista y académica Muriel Hasbún para recuperar la memoria de la Galería Laberinto, fundada por Janine Janowski en San Salvador y que fue uno de los sitios más importantes de discusión sobre el arte en la guerra y los inicios de la posguerra salvadoreña. Crédito: Lucy Tomasino.

Apuntes para discutir

Lo que propongo es que abordemos con criticidad y con seriedad el arte salvadoreño actual. Para hablar bien de nosotros mismos están los cafés, las sobremesas, las conversaciones por chat, skype, teléfono, whatsapp, las conversaciones cara a cara, los piropos, los abrazos. Escribir un texto y firmarlo sin esperar que alguien diga algo, esperando que nadie diga nada, es inmaduro e irresponsable. Escribir y publicar implica una responsabilidad con la difusión y con el diálogo. Pensar que nuestros lectores son ignorantes, o peor aún tontos, es irrespetar nuestro trabajo. Los que nos dedicamos a la investigación, a la escritura, al ejercicio intelectual, procuramos formar campos de relaciones, masas críticas. Sobre todo, porque el campo intelectual salvadoreño no termina de cuajar.

Lo que propongo es hablar con seriedad sobre lo que se escribe -y escribirlo, claro- sobre arte salvadoreño actual, y no elogiar(nos) simplemente por el esfuerzo que se hace, porque el esfuerzo no es el resultado y lo que conocemos, lo que se hace público, es el resultado; propongo dejar de enaltecer el peor es nada, el por lo menos, la mediocridad, en resumen. Dejar por fin, pues, el complejo de Pulgarcito de América. El arte salvadoreño en cuestión no es el que cree y repite el estereotipo, no es arte del Pulgarcito de América; a pesar de tener noción sobre complejos del tamaño seguir enalteciendo el Pulgarcito es estar orgullosos de la mediocridad, aceptar lo ínfimo, conformarse, estancarse. El Pulgarcito afirma nuestra pequeñez porque pretende que nos enorgullezcamos de ella.

Como resultado de estos comentarios, preguntas por responder: ¿Debe el escritor de textos críticos sobre arte fungir como relacionista público del artista?, ¿Cómo debe ser interpretada la investigación del artista que deriva en obra de arte? Si creyéramos en la profesionalización del arte, comprenderíamos que esta división de esferas no me convierte en una académica del antiguo régimen sino que señala una preocupación sobre los espacios de diálogo perdidos apabullantemente después de la guerra, en esa calma de postal que nos heredó la paz. Mis preguntas, someras y breves, son formuladas desde la Historia y con el interés de situar a Centroamérica en la discusión historiográfica hispanoamericana. Aunque los textos de muchos artistas que quieren escribir sobre arte no sean rigurosamente académicos, son textos de difusión que pretender partir de un análisis de la historia. Con un exagerado entusiasmo, muchos pueden pensar que estos textos nos “visibilizan”, pero todo lo contrario: perpetúan estereotipos, como la violencia por naturaleza y la situación de colonialidad. Tropicalizar en exceso el arte centroamericano, y en el caso que me interesa el salvadoreño, es creer la escenografía de los videoclips de Carmen Miranda, es pasar por encima de la Historia, es reproducir el modelo del arte pobre y producir, como dice un amigo, pobre arte. Y no, estos planteamientos no pretenden ser metáforas son afirmaciones simbólicas y políticas, siempre que comprendamos que lo político es, aunque sea incluso naif la referencia, lo que sucede en la polis, en la comunidad política y no en los remanentes de una guerra fría guardada en el congelador centroamericano.

No todo tiempo pasado fue mejor. De ninguna manera me gustaría repetir ese horror de la guerra que de cierto modo se refleja en este espejo de terrorífica paz. Pero de alguna manera hay que volver a él con las herramientas de la historia y las preguntas de la memoria para poder construir una narrativa del arte que heredamos, el que deconstruimos y el que queremos construir.

Artistas salvadoreños se reunieron en la casa de Coatepeque de Janine Janowski, fundadora de la Galería Laberinto en San Salvador, para conocer el espacio llamado "La esfera de la casa" en el que la luz juega un lugar importante con relación al espacio y la creación, a través del proyecto Arte Voz que busca recuperar la memoria de la experiencia de la galería. Laberinto fue uno de los sitios más importantes de discusión sobre el arte en la guerra y los inicios de la posguerra salvadoreña. Crédito: Lucy Tomasino.

Artistas salvadoreños se reunieron en la casa de Coatepeque de Janine Janowski, fundadora de la Galería Laberinto en San Salvador, para conocer el espacio llamado “La esfera de la casa” en el que la luz juega un lugar importante con relación al espacio y la creación, a través del proyecto Arte Voz que busca recuperar la memoria de la experiencia de la galería. Laberinto fue uno de los sitios más importantes de discusión sobre el arte en la guerra y los inicios de la posguerra salvadoreña. Crédito: Lucy Tomasino.


Elena SalamancaElena Salamanca es escritora e historiadora. Estudia el Doctorado en Historia del Colegio de México, en México; en su tesis, investiga el exilio de intelectuales centroamericanos en México y un nuevo proyecto de república federal. Es además Máster en Historia Iberoamericana Comparada por la Universidad de Huelva, España, y Licenciada en Comunicación Social por la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) de El Salvador.

Ha publicado los libros Último viernes (El Salvador, 2008); Landsmoder (El Salvador, 2012) y Peces en la boca (El Salvador, 2011, y México, 2013). En 2009, fue becada para escribir una novela en el programa de Estancias artísticas para creadores de Iberoamérica y Haití del Fondo Nacional de la Cultura y las Artes de México y la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo.

Ha sido traducida al inglés y el francés. Su trabajo ha sido antologado en Una región de historias. Panorama del cuento centroamericano (Estados Unidos, 2015); Teatro bajo mi piel (El Salvador-Estados Unidos, 2014);  L’ Amerique Centrale raconte (Francia, 2013); Barcos sobre el agua natal (México-España, 2013); Hallucinated horse. New Latin American Poetry (Inglaterra, 2012); 4M3R1C4. Antología de poesía novísima (Chile, 2012); Voces femeninas centroamericanas (España, 2012); Una madrugada del siglo XXI. Antología de poesía joven salvadoreña (El Salvador, 2010); Nuevas voces femeninas salvadoreñas. Antología poética (El Salvador, 2009); entre otras.